Sustituyendo al insustituible Shimon Peres

La carrera presidencial se ha convertido en una especie de competencia para heredar de Peres el símbolo más destacado del ‘israelismo’ idealizado.

 Shimon Peres tenía sólo 31 años en 1954 cuando fue nombrado Director General del Ministerio de Defensa Israelí. Al retirarse de la presidencia el próximo 27 de julio, dejará atrás un legado de 60 años laboriosos en los niveles más altos del servicio público israelí. A lo largo de esas largas décadas, muchas de ellas al lado derecho de David Ben-Gurión, Peres fue responsable de decisiones claves que aseguraron la supervivencia y prosperidad de Israel.

Él fue el procurador de armas en los primeros años del estado, un fundador de su presunta capacidad nuclear de disuasión, iniciador de la proclamada industria de defensa y el arquitecto de los esfuerzos de paz con los palestinos. La presidencia de Peres es el último cargo público de una generación con logros incalculables.

Gigantes militares como Yitzhak Rabin, el general rudo que se convirtió en hacedor de la paz y Ariel Sharon, estratega brillante; rabinos como Ovadia Yosef, quien entendió que el Israel moderno no era sólo una cuenca política, pero que marcaría un punto decisivo en la formación de una nueva identidad judía; poetas como Yehuda Amijai, quien aportó una simplicidad moderna al ancestral y tradicional hebreo.

Esta es la generación que creó mucho de lo que hoy significa ser israelí: La que excavó del desierto una economía de primer mundo, construyó una patria para un pueblo refugiado y reclamó un sentido de resiliencia nacional de las cenizas de un siglo de muerte. Shimon Peres, internacionalmente aclamado y admirado como ningún otro líder israelí en vida y ex líder del partido laborista, ha representado los temas que más unen a los israelíes – en su retórica pública, el futuro de la tecnología próspera de la ¨nación start-up¨ y en los simples hechos de su biografía, una narrativa de heroísmo sencillo, logros sin precedentes y claridad de propósito.Al abandonar la residencia presidencial en dos meses, dejando el puesto más alto en Israel y la carga de una gran trayectoria de liderazgo, Peres inevitablemente dejará un vacío difícil de medir y de llenar.La sensación del final de una época es lo que motiva la carrera para sustituirlo. La presidencia tiene pocos poderes reales. Su función principal es la de representar y simbolizar al pueblo israelí, para si mismo y para el mundo exterior.

Shimon Peres es el mejor símbolo convincente de Israel, para ambos públicos – en el mundo es el hacedor de la paz de Oslo y un infatigable vocero de las proezas científicas y tecnológicas israelíes, mientras que para su pueblo él es un remanente vivo y un testigo del pasado heroico.

Entonces no es sorprendente que la carrera presidencial se ha convertido en una especie de competencia para heredar de Peres el símbolo más idealizado del ¨israelismo.¨ La carrera se realiza en dos áreas distintas y desconectadas.

La carrera virtual ocurre entre un grupo de israelíes destacados con pocas probabilidades de ser elegidos por los 120 miembros de la Knesset. Estos no se desalientan por las realidades políticas. Ofrecen entrevistas a los medios de comunicación, realizan discursos públicos, abren sitios de web y grupos de Facebook que apoyan su candidatura. Pueden dar a conocer activistas, lemas, logotipos profesionalmente diseñados y otros protocolos de campañas políticas. Su objetivo no es sólo ganar, sino enviar un mensaje encapsulado en sus biografías.

Entre estos individuos se encuentra el premio Nobel de química Dan Shechtman, un símbolo de Israel como la innovadora e indispensable nación de start-up; la jubilada juez de la Suprema Corte Dalia Dorner, representando la élite judicial de una nación de abogados; incluso Yosef Abramowitz, inmigrante americano y empresario especializado en la energía solar israelí, define a Israel como ¨una luz renovable para las naciones¨, en un esfuerzo para integrarse a la carrera.

Así, la carrera pública por la presidencia se ha convertido en una competencia sobre la cual la élite puede postular su propia visión de éxito plasmado en el ¨israelismo¨ idealizado. Por otra parte está la verdadera carrera, aquella que se conduce entre los miembros votantes de la Knesset. Se trata de un asunto estrecho y corto de miras entre operadores políticos que desperdician grandes cantidades de dinero en empresas de relaciones públicas e investigadores privados. Esta élite política es la que controla la puerta a la residencia presidencial.

El voto de los miembros de la Knesset es secreto, así que nadie puede ser castigado por votar en contra de los deseos de su partido o remunerado por su lealtad. Ya que los miembros no pueden ser presionados para votar por un candidato, queda la opción de ahuyentarlos de otros.

En la carrera por la magistratura suprema, los logros de la generación de Peres en la construcción del estado siguen siendo el más palpable y significativo foco de identidad, lejos de las visiones elitistas de científicos o juristas o las traiciones y manipulaciones de la clase política.