Las últimas palabras del arquitecto del Holocausto: “El infierno no existe. Yo no pequé. Estoy en paz con Dios”

Adolf Eichmann fue el encargado de mandar a miles de judíos a los campos de concentración, en más de una ocasión dijo que él solo obedecía órdenes y hacía de forma eficiente su trabajo.

Adolf Eichmann, uno de los mayores genocidas nazis, fue el primero en ser condenado a muerte después que se estableciera el Estado israelí. El 31 de mayo de 1962 a las 7:00 de la noche recibió la noticia de su ejecución.

A pesar que guardaba una esperanza, la noticia fue recibida con resignación. El remitente de la decisión fue Arye Nir, jefe del sistema carcelario israelí. Nil le informó que el presidente había denegado el último recurso: el pedido de clemencia.

Nir portó la noticia y la dio, y a pesar del asco y odio que sentía por aquel individuo alemán le invadió la pena al informarle que moriría en las siguientes horas.

“La ejecución será a medianoche”, le dijo.

Adolf Eichmann en la celda donde esperó su condena. Eichmann fue quien puso en marcha el envío masivo de judíos a los campos de concentración. Foto AFP

Antes de morir le dieron la oportunidad de pedir su “última voluntad”, Eichmann pidió un bolígrafo, papel, cigarrillos y una botella de vino blanco, y diez minutos después las cuatro cosas ya estaban en su celda.

Escribió una carta para su esposa y sus hijos, cuando terminó tenía la botella a la mitad. En ese momento ingresó a su celda William Hull, un pastor protestante canadiense, quería que se confesara, como ya lo había intentado antes, pero no lo logró.

“El infierno no existe. Yo no pequé. Estoy en paz con Dios. No hice nada. No tengo remordimientos”, respondió Eichmann, según las memorias de Hull.

Adolf Eichmann nunca se arrepintió de sus acciones, aseguró que sólo estaba obedeciendo órdenes y haciendo su trabajo de la forma más eficiente. Foto AFP

Después de una conversación de 15 minutos Hull se retiró de la celda con la frustración en sus hombros, pues no consiguió el arrepentimiento que esperaba de parte de Eichmann, antes de salir este le dijo: “No esté triste. Yo no lo estoy”.

El juicio de Eichmann comenzó el 11 de abril de 1961 en Jerusalén, fue un acontecimiento mundial porque por primera vez se usó el sistema de traducción simultánea. También, por primera vez se juzgaría a uno de los responsables de la Shoá en Israel.

Eichmann escuchó todo su juicio en una jaula de cristal, protegido por las cuatro paredes de vidrio blindado. Desde ahí escuchó todas las atrocidades de las que era acusado, sin mirar a un solo testigo a los ojos y manteniéndose absorto en sus pensamientos. Escuchó cada uno de los cargos, los relatos de los sobrevivientes sin expresar emoción alguna.

Eichmann se defendió libremente, pero sus argumentos fueron tan básicos y poco convincentes que de poco le sirvieron. Aseguró que él sólo obedecía órdenes y que sus actos no podían ser juzgados por otro país, por ningún país porque sus actos habían sido actos de Estado.

Manifestó que sólo se encargó de llevar a cabo, y con una extrema eficiencia, aquello que era ley en su país, en Alemania de la que Eichmann era funcionario. Allí la palabra del Führer era ley, no sólo para Eichmann.

El líder nazi y criminal de guerra Adolf Eichmann prestó juramento el 5 de mayo de 1961 durante su juicio frente a un tribunal israelí en Jerusalén, fue sentenciado a muerte y ejecutado en Jerusalén el 30 de mayo de 1962. Foto AFP

Desde su lugar en la estructura burocrática nazi, Adolf Eichmann organizó, sucesivamente, la expulsión de los judíos de Alemania, su deportación de los territorios ocupados por las nazis y el traslado de millones de judíos a los campos de exterminio.

Además fue el anfitrión de 15 altos funcionarios nazis en la llamada Conferencia de Wansee. Allí, con Eichmann, como secretario, labrando las actas de la reunión, dejando constancia para la posteridad, se decidió establecer “La Solución Final”

Eichmann mandaba a diario a miles de judíos en  trenes a los campos de exterminio, con 2,500 0 3,000 judíos hacinados en los vagones de carga. No solo se ocupaba de los trenes. En el juicio se aportaron como pruebas circulares y órdenes emitidas por Eichmann y su oficina obligando a las autoridades locales de cada territorio para que los judíos de diferentes nacionalidades fueran objeto inmediato de las “medidas necesarias”.

Eichmann conocía el destino que les esperaba a los pasajeros de sus trenes. Hay registros de sus múltiples visitas a Auschwitz y otros campos. El 31 de julio de 1941, Heydrich lo convocó a su oficina y le dijo: “El Führer ha ordenado el exterminio físico de los judíos”.

Condenado a morir en la horca

Adolf Eichmann apeló la decisión pero la Corte Suprema de Israel confirmó la sentencia.

Cuando se llegó la hora, dos guardias y Nir llegaron a la celda, Eichmann se puso de pie y pidió que le permitieran rezar, caminó hasta un rincón y un minuto después dijo: “Estoy preparado”.

El pasaporte ilegal que Eichman usó para entrar a Argentina. Foto AFP

Le ataron las manos a la espalda y escoltado por los guardias y acompañado por Hull abandonó su celda. La dejó ordenada: la cama tendida, el cigarrillo apagado, un par de libros apilados, la carta en un lugar visible. Caminó por el pasillo con paso firme y la cabeza levantada. El pasillo de la muerte.

Era la primera ejecución judicial desde que se declaró el Estado de Israel, la sala de ejecución fue improvisada. Ahí había una tarima de madera y una soga colgando de un parante de hierro. Había pocos testigos.

Uno de ellos era Rafi Eitan, que había participado del secuestro en Buenos Aires y luego en Jerusalén lo había interrogado varias veces sobre el funcionamiento y las características de las SS. El condenado lo miró y con la voz temblando y los ojos rebalsando de ira le dijo: “Espero con todo mi corazón que usted me siga pronto”. Los dos guardias ataron los pies de Eichmann con firmeza y lo pararon sobre la plataforma. Él rechazó la capucha que le ofrecieron. Luego pusieron la soga alrededor de su cuello.

En la calle las tropas custodiaban la prisión para evitar un posible ataque.

Eichmann dijo sus últimas palabras: “Dentro de muy poco, caballeros, volveremos a encontrarnos. Tal es el destino de todos los hombres. ¡Viva Alemania! ¡Viva Argentina! ¡Viva Austria! ¡Nunca las olvidaré!”.

La imagen muestra la página 27 de los diarios de la prisión del criminal de guerra nazi Adolf Eichmann con su firma al lado en Jerusalén el 29 de febrero de 2000. Foto AFP

Arye Nir gritó: “Preparados”. Un silencio helado se instaló en la sala. Eichmann cimbreó en su sitio. “Ya”. La trampa se abrió a los pies del condenado. Un latigazo, un ruido seco y otra vez el silencio.

El cuerpo de Adolf Eichmann se mecía pendularmente. El médico comprobó la muerte.

El comandante tuvo que ordenar a los guardias que descuelguen el cuerpo. Nadie quería hacerse cargo. Cuando lo levantaban, el cadáver expulsó el resto de aire que contenía. Ese movimiento mecánico, súbito e impensado aterró a los guardias.

Lo colocaron en una camilla, lo taparon de pies a cabeza con mantas y lo trasladaron hasta una camioneta que esperaba en el patio. Luego escoltado por varios carros militares, el vehículo se dirigió hacia un descampado en el que el estado israelí había mandado a instalar un horno para la ocasión: en Israel no se cremaban los cuerpos. Nir y el religioso Hull acompañaron el procedimiento.

Por ser la primera vez hubo complicaciones y el proceso tardó más del tiempo debido. Finalmente, el operario del horno entregó a Nil y al religioso una urna con las cenizas del nazi, ambos viajaron al puerto y abordaron una pequeña embarcación.

Después de navegar por unos minutos mientras el religioso rezaba una plegaria, el comandante abrió la urna y las cenizas cayeron sobre las olas.

 

POR .RadioWorld y AGENCIAS