La Alemania nazi emuló lo ya acontecido en el Imperio Otomano


Dra. Bejla Rubin*

 

“El día horrible, en que el niño asistió a la ejecución en la horca de otro niño que tenía la cara de un ángel desdichado, oyó a alguien decir: ¿dónde está Dios?. Y en mí una voz respondió: ¿dónde está? Ahí está, colgado de esa horca”. Elie Wiesel

Los nazis tenían como máximo objetivo destruir
El jurista judío-polaco Raphael Lemkin (1901-1959), inició sus estudios de lingüista en la ciudad de Lvov. Se interesa desde joven en las masacres sistemáticas tanto de los armenios como de los sirios en Irak, entonces es el que va a establecer el concepto de genocidio, compuesto de dos palabras en su significación: genos del griego que remite a raza o tribu, y el vocablo latino cide que quiere decir matar, entonces de la unión de ambos se desprende la palabra genocidio. Se la usa para homicidio, infanticidio, matricidio, parricidio, etc. Luego habrá de continuar sus estudios de filosofía en la Universidad de Heidelberg para finalmente graduarse en derecho en 1926 y en 1934 se desempeña como fiscal en las cortes de Varsovia.
Lemkin en su libro El dominio del Eje en la Europa ocupada explica: “el genocidio se dirige contra el grupo nacional como una entidad y las acciones involucradas se dirigen contra los individuos, no en su capacidad de individuos, sino como miembros del grupo nacional” (Editorial Prometeo, Bs. As. 2008, pag. 153).
Hacemos hincapié en la noción de grupo Nacional distinto del Estatal dado que el grupo opresor, en este caso nos vamos a referir a los nazis, tenían como máximo objetivo destruir el patrón nacional del grupo oprimido e imponer a éste su propio patrón nacional como modelo y medida para subsumirlos. Pero no les alcanzó con imprimir su sello ideológico, sino que su más radical decisión fue la de aniquilar a ese grupo capturado y oprimido por su diferencia biológica, de ahí el invento de “ario-no ario” para tener la excusa consensuada de causarles el mayor deterioro físico hasta llegar a masacrarlo en su totalidad. Debido a ello es que ese conjunto de segregados es nominado: raza inferior, bacilos, ratas o infra-humanos. En esa categoría habrían de entrar: judíos, gitanos, homosexuales, negros y eslavos.

La primera matanza de armenios acontece en 1903
El genocidio entonces se establece en las antípodas de la doctrina jurídica de Rousseau-Portalis regulada por lo dictaminado en La Haya en 1907.
El genocidio comienza a ser una práctica en la Alemania nazi que emuló lo ya acontecido en el Imperio Otomano con la población armenia y su masacre en 1915, y que nadie hasta la fecha alzó la mano en defensa de ese exterminio.
La primera matanza de armenios acontece en 1903, casi como un ejercicio o ensayo y ver las consecuencias de semejante acto para calcular sus repercusiones a nivel mundial. Y dado que nadie alzó la voz en defensa del pueblo armenio, es así como llevaron adelante su máxima aniquilación de 1.500.000 almas en 1915 habiendo ya comprobado que el mundo no aplicaba como justicia el par: crimen y su debido castigo. Será luego cómo esa masacre servirá de modelo para que 20 años más tarde Hitler se tomara de él para aplicarlo en lo que se denominó con el eufemismo: Solución Final ( Endlösung). El lema de Hitler habría de ser: “¿quién se acuerda del genocidio armenio, a quién le importa?”. Siendo así él no sólo lo emuló sino que fue por más, podemos decir, lo mejoró.
Será entonces con ese antecedente que los alemanes van a establecer la idea de una guerra total, aplicando su ideología del nacionalsocialismo en todos los territorios ocupados, donde se pone el acento en el concepto de Nación en detrimento del Estado.
Lemkin nos da a ver que: “el Estado en sí es para nosotros una forma, mientras lo esencial es su contenido, la Nación, el pueblo, resulta claro que todo lo demás debe subordinarse a sus intereses de soberanía”, palabras que son tomadas de Adolf Hitler de su libro Mein Kampf.
Queda claro con lo arriba expresado, escrito por Hitler en el año 1923, cómo ya nos está mostrando hacia dónde intentaba encaminar al pueblo alemán, o sea, transformarlo en un cordero sumiso, acatador de órdenes sin chistar, no titubear acerca de la palabra del Führer que pasa a ser el Dios supremo, por encima de la Iglesia, por encima de las enseñanzas de cualquier padre de familia con respecto a sus hijos. Y ése espíritu lo supo bien captar Hanna Arendt cuando transforma la palabra Volk ( pueblo) en völkish, término que remite a populachero o chusma según la definición de la autora de Los orígenes del totalitarismo.
Es así como el Estado alemán se va degradando cada vez más efecto de la ideología del nacionalsocialismo, o sea, en su política, en su cultura populachera efecto de la propaganda de manos de Goebbels. Y también queda banalizado el arte de vanguardia llamado “arte degenerado. Quedaba absolutamente prohibido pensar a título personal, donde osar poner en cuestión al régimen nazi era sinónimo de deportación , primero a Dachau, creado en 1933 para los disidentes políticos, maestros y comunistas, dentro del propio pueblo alemán, y luego, su camino final a las cámaras de gas.
Este modelo fue puesto en práctica en primera instancia sobre el propio pueblo ario-alemán, lo mismo que los primeros experimentos de esterilización y eutanasia sobre los débiles mentales, esquizofrénicos, defectuosos, o sea, sobre todos aquellos que degradasen la pureza de la raza aria y su descendencia.

La mejor excusa para su sometimiento y exterminio
Hitler va poniendo el acento en el paso de

lo Nacional en desmedro de lo Estatal argumento que le sirve para aplastar con sus ejércitos a los demás Estados no “nacionales”, brindándole la mejor excusa para su sometimiento y exterminio biológico y total aniquilación de los pueblos que no acordasen y/o acatasen con la ideología nazi. Y con esa ideología se autorizó a aplicar el más brutal genocidio que haya conocido la Historia de la humanidad de Occidente, debiéndose diferenciar radicalmente que guerra como contienda entre Estados no es lo mismo que aplicar una política genocida sobre el “diverso”, el otro, ya no reconocido como un contrincante o un enemigo, sino visto tan sólo como un bacilo-rata o un infra-humano a erradicar en su condición étnica, cultural y religiosa.
El genocidio así visto entra como una nueva estrategia de guerra porque conlleva el deseo de una superioridad racial y biológica, pero que lo que ese argumento en verdad encubre es su deseo expansionista y de robo en cuanto al patrimonio de los deportados y quedarse con la riqueza de los países ocupados. Cualquier otro lema es una pantalla de humo para que la chusma populachera acatase la propaganda bien implementada por el régimen nazi.
El delirio de grandeza de Hitler hizo que apostase a que aunque la guerra se perdiese, el pueblo alemán, dada su “superioridad como arios”, tendría las mejores herramientas para la conducción de los Estados vencidos, y así poder dominarlos, someterlos desde ese lugar de supremacía racial.
De allí que los débiles, defectuosos, enfermos mentales, gitanos y judíos no tenían cabida en la nueva Alemania, el Reich de los mil años. Debido a ello es que su lema predilecto escrito en su libro Mein Kampf era: “la germanización sólo puede llevarse a cabo con el suelo alemán y nunca con los hombres.” Blut und Boden, tierra y sangre, es la máxima para este Führer, no importando cuánta sangre le habría de costar a Alemania, lo que pesaba e importaba para él era asentar y ampliar al Tercer Reich, la gran Nación Alemana. Y es así como sacrificó a su propio pueblo en la vergonzosa derrota de Stalingrado, el sacrificio de los niños de las juventudes hitlerianas, el permitir que Berlín quedara en ruinas y que sus habitantes perecieran de hambre.
Entonces, su política genocida fue aplicada tanto en los unos como en los otros: alemanes y extranjeros. Modelo que no nos es ajeno. Marcó un nuevo paradigma y cada vez que una Nación sacrifica a sus hijos no reconociendo los límites Estatales, religiosos y culturales, nos retrotrae al modelo que nos ha legado el nazismo, que no sólo es una página que ensombrece la Historia como pasado, sino que da letra a los nuevos Hitlers que van surgiendo en las nuevas sociedades , con sus nuevos demagogos, los fundamentalistas, tiranos ejemplares que van naciendo en las diferentes latitudes del planeta y que si seguimos los puntos paradigmáticos ya establecidos durante el nazismo serán fácilmente reconocidos, siempre y cuando el hombre no aplique sobre si el conveniente y cómodo ejercicio: el de la negación y la complicidad, ya sea por miedo, desidia, indiferencia, o por un rédito político y económico dejando de lado el tener en cuenta hacia donde se encamina el mundo en la actualidad.
Jean Améry, sobreviviente de Auschwitz, escribe: “quien dice sí es esclavo en la libertad: aceptar voluntariamente – ¡il assume!- que la realidad dicte la última palabra y con ello renuncia precisamente a la soberanía del yo, último refugio y amparo del negador” (pág. 107 Lafeu o la demolición).
El exterminio comienza en primera instancia compactando las diferencias culturales, vemos así cómo durante el imperio de la Alemania nazi en las escuelas primarias de los países ocupados se debía dictar clases en idioma alemán, y los jóvenes polacos no podían seguir carreras humanísticas dado el peligro que ello implicaba porque podían desarrollar un pensamiento autónomo y cuestionar la ideología nazi que se les estaba impartiendo subliminalmente vía la propaganda, debido a ello eran encaminados a estudiar en escuelas comerciales y técnicas así resultarían útiles como mano de obra para el Reich.
En Polonia, país con el que más se ensañaron, destruyeron sus monumentos nacionales, saquearon sus museos y bibliotecas, forma de ir borrando la cultura del enemigo. Se ufanaron cuando en 1939 incendian la Gran Biblioteca del Seminario Talmúdico Judío en Lublin. Los alemanes lo informan de la siguiente manera: “a nosotros fue un asunto de orgullo especial el destruir la Academia Tamúdica conocida por ser la de mayor importancia de toda Polonia. …Sacamos del edificio la gran biblioteca Talmúdica, y la llevamos al mercado. Allí prendimos fuego a los libros. El fuego duró veinte horas. Los judíos de Lublin se reunían alrededor del fuego y lloraban con dolor. Sus llantos casi nos hundieron en silencio. Entonces, convocamos a la banda militar y los gritos alegres de los soldados silenciaron el sonido de los llantos de los judíos”(pag. 160 Lemkin ob cit).
El genocidio comienza así eliminado la cultura y su transmisión, y tal cual como en su momento nos lo vaticinó Heine, “cuando se comienza quemando libros, luego siguen las personas”.
Las cartas están echadas, resta tan sólo que cada uno asuma how to play the game, no sólo como lo ha de jugar a título personal, sino acorde a cómo sea la implicación responsable en cuanto a nuestro presente como sujetos inmersos en la histórica, será ése el futuro que le habremos de legar a las generaciones que nos sucedan.* Autora de la tesis de doctorado “Auschwitz paradigma del Mal del siglo XX, Análisis psicoanalítico social y político”. Ed. Letra Viva, Buenos Aires 2012.