Hanukkah la Fiesta de la Luz

Janucá se celebra durante ocho días a partir del día veinticinco de Kislev.

Fue instituida por Yehudá Macabeo, sus hermanos y los ancianos de la congregación de Israel, hace 2185 años, para recordar la dedicación del altar y la purificación del santuario. Tres años antes, en la misma fecha, Antíoco IV Epífanes rey de Siria de la dinastía seléucida había hecho que se erigiera un altar pagano en el templo de Jerusalén, y que se ofrecieran sacrificios a su ídolo “Zeus Olímpico”.

Foto: Wikipedia – CC BY-SA 4.0

 

Después de haber recuperado la Ciudad Santa y el Templo, Yehudá ordenó que se construyera un nuevo altar en lugar del contaminado. Cuando el fuego se había encendido de nuevo sobre el altar y fueron encendidas las lámparas del candelero, la dedicación del altar se celebró durante ocho días en medio de ofrendas y cánticos.

Tras los acontecimientos históricos, surgen muy prominentemente en un segundo plano distintas explicaciones que hacen que Janucá trascienda la contienda militar.

“Los Sabios enseñaron que cuando Adam el primer hombre vio que el día disminuía progresivamente, a medida que los días se acortaban desde el equinoccio de otoño hasta el solsticio de invierno, aún no sabía que se trataba de un fenómeno normal. Por eso dijo: Ay de mí; quizás porque pequé, el mundo se vuelve oscuro a mi alrededor y finalmente regresará al estado primordial de caos y desorden. Y esta es la muerte que me fue sentenciada desde el Cielo, como está escrito: “Y al polvo volverás” (Bereshit 3:19). Se levantó y pasó ocho días en ayuno y oración. Cuando vio que había llegado la temporada de Tevet, es decir, el solsticio de invierno, y vio que el día se alargaba progresivamente después del solsticio, dijo: Claramente, los días se hacen más cortos y luego más largos, y este es el orden del mundo. Fue y organizó una fiesta durante ocho días. Al año siguiente, observó estos ocho días en los que había ayunado el año anterior, y estos ocho días de su celebración, como días de festividades. Él, Adam, estableció estas fiestas por causa del cielo, pero ellos, los gentiles de generaciones posteriores, las establecieron por causa de la adoración de ídolos…

La Guemará  explica a quienes opinan que el mundo fue creado en el mes de Nisan, y Adam ya había visto la diferencia entre los días cortos y los días largos, ya que los días en el mes de Nisan del hemisferio norte, se hacen progresivamente más largos con el paso del tiempo. La Guemará responde: Aunque Adam había tenido días cortos, no había visto días tan cortos como en los días previos al solsticio de invierno. Entonces enseñaron: El día en que Adam, el primer hombre fue creado, cuando el sol se puso sobre él, dijo: Ay de mí, ya que por haber pecado, el mundo se está oscureciendo a mi alrededor y el mundo volverá al estado primordial de caos y desorden. Y esta es la muerte que me fue sentenciada desde el Cielo. Pasó toda la noche ayunando y llorando, y Javá lloraba frente a él. Una vez que amaneció, dijo: Evidentemente, el sol se pone y llega la noche, y este es el orden del mundo”.

Los sabios del Talmud, como vemos, supieron detectar y describir magistralmente la ansiedad, angustia, decepción, desesperación y la depresión del ser humano frente a su destino incierto, y en el plano colectivo frente a la incertidumbre por la continuidad del pueblo y la transmisión de los valores judíos a sus sucesores.

Por ello cuando cada noche de Janucá, sumamos otra vela, el hogar y el corazón se vuelven más brillantes, fulgurando con su resplandor en nuestros propios lugares más recónditos y publicitamos el milagro de nuestra existencia colocando las candelas de manera que todo transeúnte las vea.

Nunca nos conformamos por tener nuestra luz, nuestros valores, y nuestros preceptos, ocultos en un sótano, sino que cada vez que fue posible, los expusimos frente a todos.

Al igual que Adam, cuando comprendemos que la vida exige pasar por pruebas difíciles que parecen imposibles de superar, percibimos que el fenómeno es normal y que la luz prevalecerá por los empeños de cada uno y del Yehudá el macabeo de cada época y de cada lugar, el que cada uno puede y debe reproducir.