Éxodo: la reconstrucción de los hechos (primera parte)

 

Enlace-Judio-Exodo_del_Pueblo_OrientalEn los nueve artículos anteriores analizamos rápidamente ciertos detalles relevantes a la hora de cuestionarnos sobre el perfil histórico del Éxodo en particular, y de los relatos del Tanaj en general.

Ahora que vamos a comenzar con un intento de reconstrucción de los hechos históricos, hay que tener bien presentes algunas ideas, por lo que nuestra reconstrucción no va a comenzar en el momento en que sucedieron los hechos, sino en el momento en que se escribieron.

Ubiquémonos, entonces, en Jerusalén hacia finales del siglo VI AEC, donde Ezra -sacerdote y escriba- está al frente de un difícil proceso de restaurar los textos sagrados del Judaísmo.

¿Restaurarlos de qué?

Casi un siglo atrás, la expansión babilónica había alcanzado al Reino de Judá. El rey Yehoyakim intentó rebelarse, y eso provocó una invasión militar que tomó el control del reino en el año 605 AEC, y luego destruyó Jerusalén y el Templo en el año 587 AEC.

Como es de suponerse, el patrimonio escritural de Israel fue severamente afectado. El país permaneció desolado durante más de medio siglo, aunque es probable que en ese lapso algunos de los sobrevivientes se hayan dedicado a recuperar los fragmentos de los libros que no fueron completamente destruidos.

En el año 539 AEC, el poderío babilónico se derrumbó ante el embate persa, y el nuevo emperador -Ciro el Grande- aplicó una política distinta con los judíos exiliados, permitiéndoles regresar a su país de origen e incluso reconstruir el Templo de Jerusalén.

Allí fue donde se consolidó el liderazgo religioso de Ezra. Es lógico: ante la urgencia de restaurar las escrituras sagradas -por un lado- y la imposibilidad de ofrecer sacrificios mientras no se terminara de construir el Templo -por el otro lado-, la guía espiritual de Israel estuvo a cargo de un escriba, no del Sumo Sacerdote.

¿Qué fue lo que Ezra tuvo disponible para el difícil proyecto de restaurar las Escrituras Sagradas del pueblo judío?

Por ciertos vestigios que se preservan en el Tanaj, sabemos que existía ya una versión primitiva de la Torá, de libros proféticos y de libros sapienciales (literalmente, un Tanaj arcaico: Torá, Neviim y Ketuvim).

Mucho de ese material simplemente se perdió. En la Biblia se mencionan libros como el de las Guerras del Señor, el libro de Yashar, el libro del profeta Natán, y otros más, que se perdieron irremediablemente.

Pero la esencia de todo, la Torá, no se perdió.

Sabemos que no estaba organizada exactamente igual que como nosotros la conocemos. A juzgar por la evidencia arqueológica contrastada con ciertos datos bíblicos, podemos asegurar que el núcleo fundamental -las ordenanzas dadas a Moisés en el Sinai- estaban integradas en un volumen que entonces se conocía como Libro del Pacto, del cual se había recuperado una copia en los tiempos del rey Josías, durante una remodelación del Templo. Según los especialistas, es muy factible que este texto haya sido la base para la elaboración de lo que hoy conocemos como Deuteronomio.

Aparte, existían textos en donde estaban codificados los protocolos litúrgicos que la Casta Sacerdotal debía seguir en los servicios del Templo, basados a su vez en los que debieron ser los protocolos del Tabernáculo. Dicha colección de protocolos debió ser la base para lo que hoy es el libro de Levítico.

Finalmente, como complemento de todo esto, debieron estar los libros en donde se narraba la Historia de la humanidad desde la Creación hasta la conquista de Canaán. Por lo menos, existieron tres versiones distintas: una habría sido elaborada por la Casta Sacerdotal, y habría sido un texto con una elevada dosis de contenido teológico. Allí seguramente se hablaba de la Historia del mundo y de Israel, con justificaciones implícitas que legitimaban el ejercicio del sacerdocio por parte de los Kohanim y los Leviim. Otro texto debió ser la parte inicial de la Crónica elaborada en el Reino de Judá, y lo más lógico es suponer que dicha crónica se extendía desde la Creación hasta el reinado de Tzidkiyahu, y que también tenía su buena dosis de teología: allí debió existir una justificación explícita de por qué el linaje de David era el único legitimado para reinar, y por qué Jerusalén era el único lugar legitimado para poseer un santuario.

En términos normales, estos debieron ser los libros sagrados del Reino de Judá. Pero en tiempos del rey Ezequías se había agregado algo más: ante la inminencia de la invasión babilónica, muchos israelitas del Reino de Samaria habían migrado hacia el Reino de Judá, y seguramente trajeron consigo su propio patrimonio escritural. Básicamente, debió tratarse de lo mismo: las Crónicas desde la Creación del mundo hasta los últimos reyes de Samaria. Sin embargo, debieron manejar otro enfoque teológico, uno en el cual Jerusalén no era remotamente el único lugar legítimo para tener un santuario, y en donde el linaje de David no era el único legítimo para ejercer el poder.

Esta versión alternativa está todavía presente en la tradición Samaritana actual. Si bien resulta imposible afirmar que sus detalles sean tan antiguos como el siglo VIII AEC, lo cierto es que las ideas generales sí deben serlo. Los actuales samaritanos preservan una narrativa histórica distinta a la bíblica. Según ellos, la división de los reinos no se dio después de la muerte de Salomón, sino mucho antes: cuando murió Eleazar, hijo de Aarón y Sumo Sacerdote, hubo una disputa por la sucesión y eso determinó la división de Israel. El linaje legítimo se preservó entre los Samaritanos, y el linaje ilegítimo fundó el Reino de Judea. Como hemos dicho, la evidencia documental sólo nos permite remontar esta tradición a las épocas del Segundo Templo, pero es un hecho que las ideas esenciales -el Sacerdocio de Jerusalén como un sacerdocio ilegítimo, y el linaje de David como un linaje sin derecho a gobernar en todo Israel- debieron estar presentes en los textos samaritanos anteriores a la invasión asiria.

Por ello es lógico suponer que esta versión proveniente del Reino de Samaria sólo fue archivada como algo apenas más relevante que una curiosidad, pero lo cierto es que en la época de Ezra resultó ser muy útil por dos razones: la primera fue que el panorama que debió enfrentar Ezra, en cuestión de patrimonio escritural, debió ser desastroso; la segunda fue que con Ezra y Zerubabel no sólo regresaron exiliados del Reino de Judá, sino que también se anexaron muchos exiliados del Reino de Samaria.

¿Por qué sabemos que la situación de los textos era desastrosa? Porque el resultado final -la narrativa del Tanaj desde la Torá hasta los libros de Crónicas- no es un intento de fusión de dos o más narrativas previas, sino una narrativa parchada.

Esto evidencia que Ezra no tenía la intención de hacer un trabajo nuevo, sino de restaurar el que ya existía. Por ello, si en algunos lugares hay amplias secciones que los especialistas han identificado como obtenidas del relato que llegó del Reino de Samaria, es porque Ezra debió toparse con grandes secciones faltantes en el relato original del Reino de Judá. Lo sorprendente es que no se hicieran ajustes de redacción, o incluso teológicos (aunque es obvio que no se incluyeron las secciones donde más evidentes fueran las diferencias): Ezra, o el editor final del trabajo, respetó el texto tal cual y así se anexó a la nueva crónica.

Además, estaba el otro detalle ya mencionado: según el propio registro bíblico, mucha gente del Reino de Samaria ya se había pasado a vivir al Reino de Judá desde tiempos del rey Asa, y aunque el exilio de los israelitas del norte comenzó casi dos siglos antes que el de los del sur, el edicto de Ciro el Persa benefició a todos por igual, ya que Ciro conquistó todas las regiones previamente dominadas por Asiria o por Babilonia, de tal modo que todos los exiliados de Israel -del norte o del sur- quedaron bajo su poder.

Por ello, a Ezra -o al editor final- le resultaba conveniente integrar un buen porcentaje del relato original de Samaria: de ese modo, los descendientes de las Tribus del Reino del Norte se sentirían mejor integrados al nuevo Reino de Judea.

Es lógico suponer que Ezra siguió el patrón establecido previamente: una sección inicial dominada por lo que se consideraba la revelación dada por D-os a Moisés en Sinai. Por cuestión de orden, puso como antecedente un volumen en donde se integraron las narraciones desde la Creación hasta la salida de Moisés de Egipto, al frente del pueblo de Israel.

Luego, el relato del Éxodo seguido de los protocolos sacerdotales para oficiar los sacrificios en el Tabernáculo (base de los protocolos para el Templo), y finalmente la versión adaptada (estrictamente, actualizada) de lo que debió ser El Libro del Pacto, y que ahora conocemos como Devarim o Deuteronomio.

Luego, la crónica de la conquista de Canaán (Yehoshúa y Shoftim), preludio obligado de la crónica de la monarquía israelita.

Al respecto, es muy difícil reconstruir cómo fue el proceso de elaboración de estas crónicas, pero sabemos que previamente debió existir una colección de textos más amplios y detallados. En los libros de Reyes y Crónicas, con mucha recurrencia se cita como fuente documental una crónica más amplia y completa que ya no existe. De cualquier modo, se recuperó información suficiente para hacer una reconstrucción bastante completa de los más de cuatro siglos de monarquía en Israel.

Todo este trabajo debió realizarse en las últimas décadas del siglo VI AEC (recuérdese que el edicto de Ciro, y con ello, el inicio de la reconstrucción de Judea, fue en el año 539 AEC), y es probable que se extendiera durante las primeras décadas del siguiente siglo.

Y sobre esto hay una cuestión fundamental que tomar en cuenta: Ezra -y quienes hayan colaborado con él o continuado su trabajo- no eran historiadores, sino líderes religiosos. Por lo tanto, no estaban intentando lograr una reconstrucción histórica en el sentido que hoy entenderíamos dicho trabajo, sino -antes que otra cosa- explicar la naturaleza del exilio en Babilonia y, sobre todo, la naturaleza de la restauración.

Por ello, a la hora de reconstruir la sección de los profetas, pusieron como base y norma a tres profetas con un perfil eminentemente ominoso: Isaías, Jeremías y Ezequiel, tres personajes que se dedicaron a lanzar duras críticas contra el sistema político y religioso con el que convivieron.

De ese modo, se estableció una base escritural para poder explicar el destierro en Asiria y Babilonia desde una perspectiva eminentemente moral: los israelitas habían caído ante sus enemigos no porque los dioses mesopotámicos fuesen más fuertes que el D-os de Israel, sino porque el pueblo -gobernantes y gobernados- se había alejado del Pacto establecido con D-os y de la obediencia a sus ordenanzas. Por ello, incluso se llegó al revolucionario planteamiento de que el D-os de Israel había, literalmente, usado a asirios y babilonios para castigar a Su propio pueblo, aunque luego también había juzgado a estas naciones por sus propios pecados (y de qué modo: los asirios, especialmente sanguinarios, fueron destruidos por completo, al punto de que prácticamente se borró del mapa todo vestigio de su esplendor; apenas si volvieron a salir a la luz gracias a la arqueología del siglo XIX).

Este es un dato de lo más relevante, porque en esencia es la pauta para entender el correcto significado del texto bíblico: prácticamente todo el Tanaj gira en torno a este momento crítico -el fin del exilio en Babilonia-, y por ello el mensaje global de cada libro es para darle forma al nuevo Israel que se estaba construyendo, y que vino a llamarse Judea.

Esto debe aplicarse especialmente al Éxodo: el objetivo de Ezra -o el editor final- no fue reconstruir una bitácora de hechos ancestrales, sino darle un sentido y explicación al Éxodo que, EN ESE MOMENTO, estaban viviendo los judíos que estaban regresando de Babilonia.

Por ello, es evidente que Ezra o el editor final se tomaron muchas libertades -si hablamos de historicidad estricta- a la hora de construir el relato: si por una parte el estado fragmentario de las fuentes documentales no les permitía una reconstrucción literalmente arqueológica, por otra los tópicos originales de muchos relatos (ya veremos algunos ejemplos) debieron resultar obsoletos para la situación que se vivía en ese momento.

La solución fue simple: muchos elementos originalmente provenientes de diferentes sagas se fusionaron en un nuevo relato de proporciones monumentales, hecho para darle una explicación moral y espiritual no a un Éxodo en particular (ya fuese el dirigido por Moisés o el dirigido por Ezra), sino a cualquier Éxodo, en cualquier lugar y en cualquier momento.

Con ello, sucedió algo que de todos modos siempre sucede en toda preservación de la memoria histórica de una colectividad: muchos aspectos que en su momento fueron importantes, simplemente quedaron relegados u olvidados.

La estrategia funcionó: durante los cuatro siglos posteriores al fin del exilio, el Judaísmo fue una religión bastante estable, en la que las tendencias disidentes apenas si se hicieron notar, quedando reducidas al ostracismo. Sólo hasta que vino una nueva catástrofe, casi equivalente a la invasión babilónica y que fue la Guerra Macabea, el panorama cambió significativamente.

Pero, por el momento, el propósito de Ezra garantizó la sobrevivencia de su pueblo y de su fe en ese momento tan importante. Por ello, el Talmud lo recordaría unos ocho siglos después con una idea generosa en gratitud: de no ser por Ezra, la Torá misma se habría perdido.

Bien: hecha esta rápida reconstrucción del panorama en el que se reconstruyeron las escrituras sagradas del pueblo de Israel, a partir de la próxima nota vamos a comenzar en orden cronológico desde la época de los patriarcas.

Se trata de reconstruir el perfil histórico de lo que debió ser el pueblo hebreo en su origen, el contexto en el que se elaboraron los relatos más arcaicos de la Torá, y acercarnos lo más posible al modo en el que fueron entendidos originalmente. Y, naturalmente, a las razones por las cuales esa comprensión original evolucionó, desarrollando nuevas perspectivas, pero al mismo tiempo dejando en el olvido otras tantas.

El tema es de la mayor relevancia: nos permitirá entender muchas dinámicas antiguas del entorno semítico-cananeo, básicas para entender los eventos históricos que luego permitieron la elaboración del relato del Éxodo.